Les he de confesar que los resultados de PISA 2025 no me pillan por sorpresa. Llevamos años con datos e informes catastróficos de la salud de nuestro modelo educativo y no dejamos de aprender de los propios errores que año tras año nos dejan en evidencia. Es un error utilizar PISA únicamente como arma partidista y no cuestionarse qué políticas funcionan y cuáles no para cambiarlas o potenciarlas. Esa cuestión debería estar por encima de cualquier gobierno, de cualquier ideología, de cualquier política y por supuesto de cualquier partido.

PISA no debería servir para decidir quién tiene razón en una vieja guerra ideológica sobre el sistema educativo, debería servir para preguntarnos qué necesitan realmente nuestros alumnos; y la respuesta, probablemente, no sea tan complicada: mejores profesores, más conocimiento, más lectura, mejores fundamentos matemáticos, exigencia acompañada de apoyo y una tecnología utilizada con inteligencia, no como sustituto del esfuerzo.

Los datos de PISA 2025 deberían servir para algo más que para una disputa política o para una sucesión de titulares. Deberían abrir una reflexión profunda sobre qué entendemos por educar y qué modelo educativo queremos. Quizá haya llegado el momento de recuperar algunas preguntas básicas: ¿qué debe saber un alumno al terminar cada etapa? ¿Cuánto debe leer? ¿Qué conocimientos debe dominar? ¿Cuánto tiempo necesita para practicar? ¿Cómo enseñamos el esfuerzo? ¿Cómo recuperamos la perseverancia? ¿Cómo conseguimos que la tecnología ayude en lugar de distraer? La educación puede y debe evolucionar, pero evolucionar no significa prescindir de sus fundamentos.

El peor resultado de PISA no sería que España bajara unos puntos, el verdadero desastre sería mirar esos datos, discutir durante una semana y después volver a hacer exactamente lo mismo. No se trata de elegir entre equidad y excelencia, se trata de entender que sin excelencia, la equidad termina convirtiéndose en una promesa vacía; y sin equidad, la excelencia se convierte en un privilegio. La fotografía que acaba de publicar la OCDE no es tranquilizadora. El rendimiento de los alumnos españoles de 15 años se sitúa por debajo de la media de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias. En comparación con 2022, España vuelve a retroceder en matemáticas y lectura, mientras que las ciencias permanecen prácticamente estables. Y si ampliamos la mirada hasta 2015, los resultados se encuentran entre los más bajos registrados en España.

No estamos, por tanto, ante una simple consecuencia pasajera de la pandemia. El Covid puede explicar una parte del golpe sufrido por los sistemas educativos, pero cada vez resulta más difícil utilizarlo como explicación suficiente de lo que está ocurriendo. La propia OCDE señala que, después de la enorme caída registrada en PISA 2022, los resultados han seguido estancados o descendiendo en numerosos países. Y aquí aparece la primera gran pregunta: ¿qué estamos haciendo mal? El problema no es solamente cuánto aprenden, sino qué estamos dejando de exigir. Durante años, el debate educativo se ha desplazado desde los conocimientos hacia las competencias, desde los contenidos hacia las metodologías y desde la exigencia hacia la inclusión. Algunas de estas transformaciones tienen sentido. Nadie debería defender una escuela que abandone a los alumnos con más dificultades. Pero hay una confusión peligrosa: pensar que exigir menos equivale a incluir más. No es así, no necesitamos rebajar el nivel, necesitamos buscar fórmulas para alcanzar ese nivel. La igualdad educativa no debería consistir en que todos reciban la misma expectativa a la baja, sino en que todos tengan las herramientas necesarias para alcanzar unas expectativas altas.

Los datos de PISA deberían servir precisamente para recuperar esta conversación. España tiene un 67% de alumnos que alcanza al menos el nivel 2 de competencia matemática, frente al 65% de media de la OCDE. En ciencias, el porcentaje español es del 76%, frente al 74% de la OCDE. En lectura, sin embargo, España se sitúa ligeramente por debajo: 68% frente al 69%. Es decir, el diagnóstico no es simplemente que «todo vaya mal». El problema más preocupante aparece cuando observamos la tendencia y, especialmente, la escasez de alumnos situados en los niveles superiores. Solo alrededor del 4% de los estudiantes españoles alcanza los niveles más altos en ciencias y matemáticas, frente a un 7% de media de la OCDE en ciencias.

Una educación que consigue que más alumnos alcancen un mínimo, pero que tiene dificultades para llevar a una proporción significativa de ellos hacia la excelencia, corre el riesgo de confundir igualdad con uniformidad. El asunto, por ejemplo de la lectura debería encender todas las alarmas. La OCDE calcula que entre 2015 y 2025 la puntuación media de lectura cayó 28 puntos en el conjunto de la OCDE, una pérdida equivalente aproximadamente a un año y medio de aprendizaje. Leer bien significa comprender un problema de matemáticas, interpretar una fuente histórica, seguir una explicación científica, distinguir un argumento de una opinión o evaluar críticamente una información encontrada en internet. Y precisamente cuando vivimos rodeados de información, titulares, vídeos, redes sociales y sistemas de inteligencia artificial, comprender un texto se convierte en una competencia todavía más importante.

La paradoja es evidente: cuanto más fácil resulta producir información, más importante resulta saber interpretarla. La tecnología no es el enemigo y conviene huir de las simplificaciones. El debate sobre móviles, pantallas e inteligencia artificial suele plantearse como una guerra entre tecnófilos y tecnófobos. Pero PISA 2025 ofrece una conclusión bastante más interesante. La OCDE advierte de que la relación entre inteligencia artificial y rendimiento es compleja. La tecnología puede ayudar al aprendizaje cuando se utiliza con objetivos concretos, pero su uso excesivo o recreativo puede perjudicarlo. De hecho, los propios datos muestran asociaciones negativas entre determinados usos de IA para tareas escolares y el rendimiento, lo que demuestra que utilizar una herramienta no equivale automáticamente a aprender.

Por eso la cuestión no debería ser si queremos tecnología en las aulas, la cuestión debería ser para qué. Un móvil puede distraer o puede convertirse en una herramienta. Una inteligencia artificial puede sustituir el esfuerzo intelectual o puede ayudar a un alumno a comprender algo que no entendía. Un buscador puede fomentar la superficialidad o enseñar a contrastar fuentes. La respuesta no está en prohibir indiscriminadamente ni en abrazar ingenuamente cualquier innovación. Está en enseñar a utilizarla.

La principal lección que nos da PISA 2025 va más allá de la ideológica o partidista, de si una política educativa es buena y otra no. PISA nos desvela que los alumnos necesitan saber cosas. Necesitan leer mucho y comprender lo que leen. Necesitan dominar las matemáticas. Necesitan conocer ciencia. Necesitan escribir. Necesitan memorizar determinados conocimientos para poder relacionarlos con otros. Necesitan profesores bien formados y con tiempo para enseñar. Necesitan disciplina, esfuerzo y hábitos de estudio. Y también necesitan aprender a utilizar las nuevas tecnologías. No hay contradicción entre ambas cosas. Un alumno que no sabe leer críticamente puede convertirse en un consumidor perfecto de respuestas generadas por una máquina. Uno que sabe leer, pensar, contrastar y razonar puede convertir esa misma máquina en una herramienta extraordinariamente poderosa. El verdadero fracaso sería no aprender de PISA. PISA 2025 nos devuelve una realidad incómoda: sin esfuerzo, sin mérito, sin disciplina, sin perseverancia y sin responsabilidad no hay aprendizaje y sin conocimiento no hay pensamiento crítico. Para analizar, relacionar, sintetizar y concluir primero hay que saber. Y para saber hay que hacer un trabajo duro. La escuela puede cambiar sus métodos y herramientas, puede innovar, pero no puede renunciar a enseñar.

Durante las últimas décadas se ha intentado transformar la escuela. Se han incorporado nuevas metodologías, herramientas digitales, dispositivos electrónicos, nuevos espacios y distintas formas de organizar el aprendizaje. La intención era modernizar un modelo educativo considerado demasiado tradicional. Pero en ese proceso puede haberse cometido un error: confundir modernizar la escuela con eliminar algunos de los principios sobre los que históricamente se ha construido el aprendizaje. La metodología puede cambiar. También pueden cambiar los recursos, las tecnologías y los espacios. Pero hay una cuestión difícil de discutir: sin esfuerzo no hay aprendizaje profundo y sin conocimiento no puede existir una educación sólida.

Otro elemento que merece atención es la capacidad de los alumnos para perseverar ante una dificultad. Aprender no siempre es divertido. Tampoco es inmediato. Hay conocimientos que requieren repetición, práctica, concentración y tiempo. Resolver un problema matemático complicado, comprender un texto complejo o dominar una determinada disciplina exige aceptar la frustración y continuar trabajando. Por eso, la perseverancia no debería considerarse un elemento secundario del proceso educativo. La escuela también debe enseñar a los alumnos a enfrentarse a aquello que cuesta, a equivocarse, corregir, volver a intentarlo y terminar aquello que han comenzado. Una escuela moderna no tiene por qué ser una escuela sin exigencia. La modernización educativa no debería consistir en sustituir todo lo anterior por todo lo nuevo. Porque una escuela moderna no es aquella que tiene más dispositivos, utiliza más aplicaciones o cambia constantemente de metodología. Es aquella que consigue que sus alumnos lean mejor, escriban mejor, comprendan mejor, razonen mejor y sepan más.

Los resultados recuerdan, además, que la educación no depende exclusivamente de lo que ocurre dentro del aula. La implicación de las familias sigue siendo determinante. El hábito de leer, la responsabilidad, las rutinas de estudio, el respeto por el profesor, la constancia y la valoración del conocimiento comienzan también fuera de la escuela. La educación, por tanto, no puede plantearse como una responsabilidad exclusiva de los docentes. Es una tarea compartida entre escuela, familias y sociedad.

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