DE LONDRES A GUADALAJARA Y DE CHURCHILL A MOREJÓN

He pasado la Semana Santa en Londres; y más allá de la niebla, la lluvia, el Big Ben, de sus cabinas rojas, el té, el British Museum y sus icónicos autobuses de dos pisos; esta ciudad es un museo viviente llena de historia y de muchas curiosidades. Una de ellas es el búnker secreto o como se conoce allí: las Churchill War Rooms. Bajo las calles del barrio de Westminster, a solo unos pasos de Downing Street, se encuentra el centro neurálgico desde donde se dirigió la resistencia británica. Es una cápsula del tiempo que cuando la guerra terminó en agosto de 1945, las luces se apagaron y las puertas se cerraron prácticamente quedó todo tal cual estaban. Al abrirse como museo décadas después, se encontraron objetos intactos, desde terrones de azúcar escondidos en un cajón hasta mapas con los mismos pines que marcaban el movimiento de las tropas el último día. El olor de la historia aún se respira en cada una de las salas de ese bunker en la que todavía se puede percibir un ligero aroma a tabaco, rastro de los inseparables puros Romeo y Julieta que Churchill fumaba mientras tomaba decisiones críticas; y si te fijas bien en la silla de madera de la sala del gabinete, verás marcas de arañazos en los brazos, reflejo del estrés y los nervios de Churchill durante las reuniones más tensas de la guerra.

Cuando regresas a España y a Guadalajara de esa burbuja en el tiempo y de conocer más a esos políticos de garra que lideraron momentos mundiales muy difíciles y vuelves a la gramática política española y a ese diccionario tosco y grosero de zafiedades y chabacanerías que usan nuestros políticos te das cuenta en lo que ha degenerado nuestra política. Desayunamos día a día con escenas que parecen extraídas de una mala función de vodevil o de una charla de bar a altas horas de la madrugada. Un ejemplo de ello es el último episodio, protagonizado por Santiago Abascal al calificar de «Juanma Moruno» al presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, o el enésimo episodio de Víctor Morejón, concejal de Vox delegado de Turismo, casco histórico, comercio y mercados en Guadalajara, quien ha decidido con ese video nefasto que la mejor forma de gestionar la ciudad es jactarse de pasarse las leyes «por el forro de lo que rima con emisiones».

Lo que subyace en las palabras de Morejón es la exhibición impúdica de la mediocridad. Cuando un representante público carece de argumentos técnicos, jurídicos o políticos para debatir una ordenanza, recurre a la zafiedad. El «porque yo lo digo» y el lenguaje soez se convierten en el refugio de quien no tiene nada más que ofrecer que ruido. Estos insultos y exabruptos son la representación gráfica de una estrategia tan arriesgada como cínica que corren el riesgo de dinamitar los puentes con los que son tus socios de gobierno o lo serán en un futuro muy cercano en el caso de Abascal. El uso de estos calificativos degradantes busca una rentabilidad inmediata en el mercado de la atención. En un ecosistema digital saturado, la propuesta política pausada no vende; el mote humillante, sí. Al etiquetar al adversario (que no enemigo) con un apodo ridículo, se intenta despojarle de su autoridad institucional para reducirlo a una caricatura.

Sin embargo, esta táctica encierra una paradoja peligrosa. ¿Cómo se explica al votante que el «moruno» de hoy es el socio «fiable y constitucionalista» de mañana? La respuesta es el cinismo político. Se fía todo a la desmemoria del electorado, bajo la premisa de que el poder es un bálsamo que todo lo cura y que una foto firmando un acuerdo de coalición borra meses de barro dialéctico. Estamos ante el fenómeno del «socio-enemigo». En un sistema de bloques donde nadie suma por sí solo, los partidos compiten ferozmente por el mismo espacio electoral. La estrategia consiste en castigar al aliado potencial para evitar la fuga de votos o para forzarle a endurecer su discurso. El problema es que esta erosión constante de la cortesía parlamentaria tiene consecuencias reales. Cuando un líder nacional insulta a un presidente autonómico, no solo ataca a la persona, sino a la institución que representa; será difícil construir proyectos comunes cuando la base de la relación es la desconfianza y el agravio personal.

El insulto que nace en el estrado se traslada a la calle y los ciudadanos adoptan el lenguaje de sus líderes, crispando la convivencia ciudadana. La política española ha pasado de ser el arte de lo posible a ser el arte de la provocación. Si el insulto fácil se convierte en la única herramienta de diferenciación, la gobernabilidad queda hipotecada. En el oscuro catálogo de la historia política, pocos nombres resuenan con la autoridad de Sir Winston Churchill. Sin embargo, al observar el panorama actual, el contraste no solo es evidente, es desolador. Mientras Churchill utilizaba la palabra para movilizar una civilización, gran parte de la clase política contemporánea parece atrapada en un ciclo infinito de mediocridad, cortoplacismo y marketing de redes sociales. Churchill no necesitaba «focus groups» ni asesores de imagen para dictar su destino. Su oratoria, forjada en la honestidad brutal de «sangre, sudor y lágrimas», buscaba elevar el espíritu de una nación hacia un propósito común.

Hoy, la política se ha reducido a la gestión de la indignación, sus discursos ya no buscan la verdad, sino el «clic», sustituyendo la visión de Estado por eslóganes vacíos diseñados para no ofender a nadie y, por ende, no inspirar a nadie. El político actual suele operar con la mirada en la encuesta de la próxima semana. La audacia de Churchill para no negociar con lo inaceptable ha sido reemplazada por una «pusilanimidad» que prioriza la supervivencia personal sobre el interés nacional. Churchill entendía que «el éxito es ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo». No temía a la impopularidad si esta era el precio de la convicción. En cambio, la política moderna habita en el pánico constante al error. Se gobierna para el escrutinio frívolo de las plataformas digitales, lo que resulta en liderazgos reactivos, incapaces de tomar decisiones difíciles por miedo a ser «cancelados».
La mediocridad actual no es falta de inteligencia, sino falta de carácter. Churchill era un hombre de contradicciones, pero sobre todo, era un hombre de principios innegociables en torno a la libertad individual y el libre mercado. Mientras los líderes de hoy sigan prefiriendo el aplauso fácil a la verdad incómoda, el fantasma de Churchill seguirá recordándonos que la democracia no solo requiere votos, sino gigantes dispuestos a defenderla.
La política, cuando se vacía de contenido intelectual, se rellena con este tipo de chabacanería. No se busca convencer al ciudadano con una gestión eficiente, sino buscar el aplauso fácil del sector más visceral mediante el desprecio absoluto a las reglas del juego que todos, por ley, debemos acatar.

¿Con qué autoridad moral puede este Ayuntamiento de Guadalajara exigir a un vecino que pague una multa de tráfico o que cumpla con sus obligaciones tributarias? Si el propio responsable de Comercio, Turismo y el Casco Histórico presume de incumplir las normas que su propia administración debe velar, el mensaje es devastador: la ley es opcional si tienes un micrófono y un cargo. Este «cuñadismo» institucionalizado degrada las instituciones. No es una cuestión de ideología —se puede estar a favor o en contra de las ZBE—, es una cuestión de decoro. Un concejal que utiliza expresiones propias de un patio de colegio o de barra de bar para referirse a sus obligaciones legales no solo se descalifica a sí mismo, sino que arrastra en su caída la dignidad del consistorio al que representa. Al final, cuando la política se convierte en un concurso de ver quién es más maleducado, la gestión real queda en un segundo plano. La zafiedad de Morejón no es más que el reflejo de esta política del espejo roto y del espectáculo del canibalismo.

EL RUIDO INVSIBLE

He pasado este fin de semana en Viena. Allí la cultura se disfruta en todos los sentidos y en estado puro. Ojalá Guadalajara aprendiese de ciudades como esta en materia de turismo y cultura; tristemente deja mucho que desear con su oferta bastante pobre, con pocas actividades y de poca variedad; y que además resultan claramente insuficientes para una ciudad que pide ya un cambio, creatividad e innovación en estrategias y en enfoques de políticas turísticas y culturales; pero esto es asunto y harina de otro costal que abordaré otro día; en realidad hoy quiero hablarles de ruido.

Sorprende al pasear las calles de Viena que sea una ciudad tan tranquila, tan ordenada, con un ambiente tan calmado y sin apenas ruido excesivo, incluso en zonas turísticas. El respeto por el silencio es envidiable, incluso en lugares públicos como en parques, plazas, restaurantes y en el transporte. ¡Menuda invitación a la relajación por toda la ciudad!

El ruido cotidiano es un enemigo invisible que puede hacernos mucho daño. De todos es sabido que en España existe un elevado grado de permisividad respecto al ruido y al exceso de volumen; permitido en diversas actividades que vulneran y violentan el derecho al disfrute armonioso y pacífico de nuestro propio hogar. En muchos casos hay una actitud excesivamente laxa o protectora con el ruidoso y displicente o despreciativa en relación con las potenciales víctimas. Un ejemplo de todo ello lo vamos a ver como cada año en nuestras Ferias y Fiestas de Guadalajara y en ese derecho asumido que se tiene para tolerar niveles de ruido que se impone por encima del derecho al descanso, incluso por encima de colectivos de ancianos, enfermos, o personas que tienen que trabajar al día siguiente. ¿Por qué la tolerancia al derecho al ruido o al volumen alto debe prevalecer (culturalmente) sobre el derecho al descanso, al silencio?

Esta cultura del ruido en muchos momentos y situaciones es alentada por la desidia e inactividad de las administraciones, e incluso por su proteccionismo. Son los ayuntamientos quienes promueven y permiten un montón de ruido con sus actividades; aquí en Guadalajara parecen no entender que habría que hacer una Feria de día y una Feria de noche en espacios bien diferenciados, como ocurre en muchas otras ciudades.
Abrir este melón en la ciudad de Guadalajara es muy complicado porque sus políticos y sus conveniencias electorales enseguida te echan encima a los peñistas y es muy difícil mantener un debate sosegado, útil y propiciar una reflexión para intentar entender por un lado por qué en nuestra Guadalajara hay tanta tolerancia al ruido y por otro para abrir caminos y propuestas para solucionar el problema del omnipresente ruido y situaciones poco cívicas en nuestra ciudad durante sus Ferias y Fiestas.

El ruido, en mi opinión, además de un problema de educación que deberíamos de abordar a través de estrategias de respeto, autocontrol y autorregulación; es un signo y un fenómeno de decadencia cultural y social. Seguramente seamos una de las sociedades mas ruidosas y los españoles nos encontremos entre los países más ruidosos del mundo, entre otras cosas  por la escasa preocupación de nuestros gobernantes por cuidar este aspecto tan importante para nuestra salud.

Felices Ferias y Fiestas para todos, para los silenciosos y para los ruidosos.

EL MARINERO SUBE-MONTAÑAS

Viajar es un continuo abrir y cerrar puertas…Hoy abres una puerta, pero mañana tienes que cerrarla, para posiblemente abrir otra pasado mañana…Abrir y cerrar puertas, eso es viajar, eso es vivir, me decía aquel viejo marinero que encontré en esa bella ciudad portuaria, con gatos en los tejados y viejas tradiciones…Sabía que allí, tras ese encuentro, tras ese corazón curtido de tantos soles y tantos mares de la vida, se escondía el relato que hoy les escribo…Cualquier trozo de esa vida, podría dar para una novela. No era un hombre corriente, vivía en el mar pero se había pasado toda su vida escalando montañas.

La conversación con aquel marinero me recordó a aquella que mantuvo el principito con el sabio zorro: “Nous sommes responsables pour ceux qui nous avons apprivoise”. Solo se conoce lo que uno domestica y eres responsable de lo que has domesticado.

Yo siempre subí montañas… ¿Y quiere saber por qué lo hice? -me preguntó-…Por dos razones, me respondió rápidamente…Porque cada vez que conseguía hacer cumbre, tenía la sensación que allí no había llegado nadie todavía… que era el primero en pisar ese suelo, en tener esa vista…Aún hoy sigo teniendo esa sensación en algunas situaciones de mi vida…Y eso me crea soledad y desesperanza muy a menudo.

¿Y la segunda? -le pregunté interrumpiendo aquel momento irrepetible-… La segunda es porque la cima de aquellas montañas, era el único lugar del planeta donde todo lo que veía, estaba por debajo del nivel de mis botas…Y para vivir después de esa sensación, hay que domesticarse a uno mismo… No es difícil si eres responsable, sabes dónde estás y lo que eres… conocer tu esencia, terminó por decirme.

De cada viaje sorprendente traemos fantásticas vivencias, maravillosas fotos, grandes y curiosos recuerdos que permanecerán a nuestro lado durante toda nuestra vida; pero lo que me regaló, lo que me entregó esa mañana, este marinero sube-montañas no podré olvidarlo jamás.

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