por AntonioDeMiguelAnton | Jul 28, 2026 | Educación, Naturaleza, Opinión, Política
Estoy pasando unos días en mi pueblo. Es un rincón entre pinares donde el tiempo camina despacio, donde el aire huele a resina y el corazón encuentra descanso rodeado de naturaleza. Aquí nací, donde las montañas y sus pinos abrazan el cielo y donde cada piedra guarda una historia. Aprendí a correr por sus calles, a jugar en la plaza, a soñar junto al frontón, donde los aplausos y el eco de la pelota formaban parte de nuestra infancia. Escuché el silencio de los inviernos y el jolgorio de los veranos. Celebré las fiestas con mi gente y comprendí que la verdadera felicidad y riqueza no se mide en lo que tienes, sino en tener un lugar al que cuando vuelves está cargado de gran valor natural y humano, de recuerdos y de instantes tremendamente alegres.
El extenso pinar que rodea mi pueblo me enseñó que la naturaleza no es un escenario, es un hogar. Por tanto aprendí desde muy pequeño a respetarlo caminando en silencio, escuchando el viento en las copas y entendiendo que una sola cerilla puede borrar siglos de vida. Convivir con el bosque es cuidarlo como a la familia. El modelo de gestión forestal de mi pueblo se basó durante muchos años en un principio sencillo: un monte cuidado y aprovechado es más resistente y tiene menos riesgo de grandes incendios. Sus claves fueron por un lado una gestión activa del bosque mediante cortas planificadas, podas y clareos para evitar la acumulación de vegetación. También lo fue el aprovechamiento económico de la madera, que generaba empleo y mantenía una relación constante entre la población y el monte. La industria forestal local permitía que los recursos del bosque revirtiesen en su propio mantenimiento. La implicación de los vecinos y la tradición comunal, con una cultura de cuidado del territorio transmitida durante generaciones era muy importante en esta fórmula de gestión. Aquí tenemos muy claro, desde hace muchas generaciones, que la prevención pasa por tener bosques trabajados, con menos carga de combustible y con actividad económica ligada al territorio.
Cada verano, cuando las llamas arrasan miles de hectáreas de monte, el debate vuelve a repetirse: más medios de extinción, más aviones y más efectivos para combatir el fuego. Sin embargo, la verdadera pregunta sigue siendo la misma verano tras verano: ¿por qué nuestros bosques arden cada vez con más intensidad?
Las cifras son reveladoras. Extinguir una hectárea de bosque cuesta, según las estimaciones, 19.000 euros, mientras que gestionar esa misma hectárea para reducir el riesgo de incendios tendría un coste aproximado de 2.400 euros. A pesar de ello, la mayoría de Comunidades se mueven habitualmente en el rango de una inversión en prevención que apenas alcanza 15 euros por hectárea. La conclusión es evidente: seguimos destinando la mayor parte de los recursos a apagar incendios, cuando sería mucho más eficiente evitar que se produzcan.
Pero la prevención no consiste únicamente en abrir cortafuegos o limpiar montes. La mejor prevención es que el bosque vuelva a tener valor económico para quienes viven junto a él. La economía institucional explica este fenómeno con un principio sencillo: cuando quien soporta los costes de conservar un recurso también obtiene los beneficios de gestionarlo, tiene incentivos para mantenerlo en buen estado. En cambio, cuando el propietario mantiene las obligaciones, pero pierde capacidad de decisión y rentabilidad, el resultado suele ser el abandono. Eso es precisamente lo que ha ocurrido en buena parte del medio rural. Muchos montes han dejado de generar ingresos suficientes y, con ello, también han desaparecido los incentivos para mantenerlos limpios, vigilados y aprovechados.
La gestión forestal sostenible demuestra que conservación y desarrollo económico no son objetivos enfrentados. Al contrario. El aprovechamiento responsable de la madera, la resina, los pastos, la leña o los recursos micológicos convierte el bosque en un activo productivo que genera empleo, fija población y favorece un mantenimiento continuo del monte. Cuando el bosque proporciona riqueza a quienes viven de él, también aparecen incentivos permanentes para controlar la biomasa, vigilar posibles incendios y reducir el combustible vegetal que alimenta los grandes fuegos.
En este contexto, la ganadería extensiva desempeña un papel esencial. El pastoreo tradicional limpia el monte de forma natural, reduce la acumulación de matorral y contribuye al equilibrio ecológico. Mantener este modelo requiere políticas que lo hagan económicamente viable mediante incentivos adecuados.
Otro recurso con enorme potencial es la biomasa forestal. Su aprovechamiento como fuente de energía renovable permitiría transformar un problema —la acumulación de combustible vegetal— en una oportunidad económica, favoreciendo además proyectos comunitarios de autoabastecimiento energético y de economía social en el medio rural.
También resulta necesario revisar la fiscalidad que soportan los aprovechamientos forestales. Reducir o eliminar el IVA de productos como la madera, la leña, la resina o las setas supondría un estímulo para una actividad económica que, además de generar riqueza, contribuye directamente a la conservación del territorio.
A ello debería añadirse un sistema de compensaciones económicas por los servicios ambientales que prestan los bosques. Las masas forestales capturan CO₂, regulan el ciclo del agua, conservan la biodiversidad y ofrecen beneficios que disfruta toda la sociedad. Resulta razonable que quienes mantienen esos ecosistemas reciban una compensación por ello. La conservación del bosque no puede depender exclusivamente de la vigilancia pública. Debe convertirse también en un interés económico de quienes viven en el territorio.
Porque los incendios no empiezan el día que aparece una llama. Empiezan mucho antes, cuando el monte deja de cuidarse, cuando pierde su valor económico y cuando las políticas públicas olvidan que la mejor inversión no es apagar incendios, sino evitar que lleguen a producirse. Proteger nuestros bosques exige cambiar el enfoque: menos cultura de la emergencia y más cultura de la gestión. Un monte vivo, gestionado y económicamente rentable es, casi siempre, un monte mejor conservado y mucho más resistente frente al fuego.
por AntonioDeMiguelAnton | Feb 19, 2026 | Educación, Opinión, Política, Varios
Acabo de terminar de leer el libro «Los hijos de los boomers», de Estefanía Molina en el que analiza la situación actual de la juventud en España, donde el pasotismo ante los problemas como la vivienda, los salarios y la precariedad se vuelve insostenible.
Es todo un manifiesto que nos habla de la desigualdad entre generaciones y la frustración de los jóvenes. La autora insiste en el libro que los políticos españoles y sus partidos no se atreven a afrontar este problema y que carecen de visión y les falta horizonte para hacerlo porque pareciese que “gobernar se haya convertido en gestionar ciclos cortos sin miras al futuro”. Vivimos tiempos de ruido y polarización política y olvidamos lo esencial; que solo se puede analizar con la debida serenidad, y ahora no la hay para traer a la escena y al debate político esas reformas valientes que darían una respuesta a este grave problema intergeneracional. Estefanía nos advierte de que si no se toman medidas, esta generación de los hijos de los boomers podrían ser cada vez más antisistemas y podría poner en riesgo las conquistas políticas y el estado del bienestar que se han logrado hasta ahora.
Sin ningún género de duda el libro te hace reflexionar y repensar las estructuras sociales y políticas que han llevado a esta situación, y a considerar qué cambios son necesarios para construir un futuro más equitativo. Es una llamada de atención a lo que puede ocurrir en un futuro no muy lejano debido a que ese modelo de bienestar de los años 80 y 90 ha desaparecido para los jóvenes actuales, quienes sufren salarios míseros y falta de acceso a la vivienda.
Molina nos dice en las primeras páginas de su libro que “se ha condenado a una generación entera a vivir de la buena voluntad de sus padres y, probablemente, de la dependencia del Estado cuando sean mayores, es una una generación con una profunda frustración, una generación perdida”. En el libro, también nos recuerda que la generación de sus padres logró prosperar confiando en la idea de «la cultura del esfuerzo como forma de progreso». Cuando dejas de creer en ese modelo del esfuerzo para mejorar tu vida, en el que a mi también me educaron mis padres, pierdes no solo la confianza y la autoestima, también el motor de vida.
Vivimos momentos, como dice la autora, en el que se ha generado tal necesidad de que los padres maquillen las miserias de sus hijos que se les ha hecho individuos dependientes, poco autónomos y muy dependientes emocional y económicamente de los padres. Necesitan de ellos para vivir, para solucionar sus problemas y para secar sus continuas lágrimas, debilidades y frustraciones. Ellos han vivido en hogares en los que no faltaba de nada y en el que sus padres atendían todas sus necesidades sin pedir nada a cambio en un profundo acto de solidaridad. Vivieron y viven en un pesebre del que no quieren salir.
Creo que a medida que el problema y ese sentimiento de hastío vaya creciendo y se vaya extendiendo por todos los jóvenes, van a aumentar las ganas de romper con este sistema establecido y los partidos de la motosierra se aprovecharán de ello al saber capitalizar este descontento, aunque luego no aporten soluciones reales, como ocurrió con “el asalto a los cielos” del que hablaba Pablo Iglesias en 2015.
Hay mucho en juego y como dice la autora del libro, si los baby boomers y los partidos del sistema fueran conscientes de lo que está en juego correrían a poner soluciones y a construir un pacto generacional antes de que llegue un día donde el malestar haya crecido tanto que la batalla sea inevitable. El modelo de esforzarse aún vale la pena para ser dueño de tu destino.
por AntonioDeMiguelAnton | Ene 15, 2026 | Educación, Opinión, Política
¿Se han dado cuenta que los políticos nos tratan como niños? La clase política nos infantiliza usando la manipulación y el paternalismo, al igual que lo hacen esos padres helicóptero con sus hijos al sobreprotegerlos en exceso, creándoles dependencia, insolvencia, inmadurez y también con una clara y preocupante falta de habilidades de autorregulación y de resolución de problemas… Y lo hacen usando discursos simplistas en lugar de un debate adulto y serio, lo cual se manifiesta en estrategias mediáticas, promesas vacías repletas de verdades a medias, de mentiras intencionadas y generando un sentimiento que no respeta ni nuestra capacidad de decisión ni nuestra capacidad de raciocinio.
Nos presentan programas y medidas como si fueran las mejores para nosotros, sin contar con nosotros y sin abrir un debate profundo, como si nosotros no pudiéramos entender la complejidad de los asuntos y por tanto decidir por ellos. Nos reducen todo a mensajes con eslóganes fáciles de digerir, evitando el debate de ideas en profundidad, lo cual despoja a los ciudadanos de su capacidad de análisis crítico. Utilizan «cortinas de humo» como una táctica para desviar la atención pública de temas incómodos o problemas reales, creando distracciones mediáticas o lanzando asuntos secundarios (a menudo escandalosos o emotivos) para confundir a la gente, ocultar la verdad, generar ruido y evitar que la ciudadanía se enfoque en la verdad o en sus responsabilidades políticas. Crean esas distracciones usando historias emotivas o narrativas complejas para mantener el interés y evitar el análisis crítico. Y emplean la descalificación, el ataque y la victimización; tácticas más propias de comportamientos infantiles que de un diálogo democrático adulto. Eso es una falta de respeto a nuestra inteligencia al no abordar los problemas de forma transparente y madura y al tratarnos como individuos incapaces de gestionar la realidad política.
Unos tratan a los ciudadanos como si fuesen niños y otros tratan a los niños como si fueran bebés; con una vigilancia constante de la vida para acudir en cuanto surge el menor problema y eso les hace incapaces de afrontar los pequeños retos y serán carentes de autonomía. No se debe de estar constantemente mostrando la ayuda ante cualquier cosa que no consiguen, ni evitándoles situaciones difíciles. O dejamos que nuestros hijos tomen las decisiones y las responsabilidades personales relacionadas con su felicidad, su vida y los nuevos retos a los que tiene que enfrentarse o a la larga tendremos adultos inseguros, inmaduros, intolerantes, déspotas e hiperdependientes de los padres ante cualquier problema, necesidad o conflicto; porque han vivido en un “pesebre” acostumbrados a no resolver pequeñas cuestiones cotidianas y envueltos de sobreprotección muy por encima de la que le corresponde a su edad madurativa. Si educamos en la sobreprotección, apenas hay lugar para la frustración. Es por ello que los niños, los jóvenes y por supuesto los adultos sobreprotegidos pueden llegar a ser verdaderamente intolerantes y con nula capacidad resolutiva ante situaciones desfavorables que les produzcan frustración, y no sabrán hacer frente a tal escenario, hasta entonces, prácticamente desconocido porque hemos sobrevolado siempre sobre ellos. Además crearemos individuos muy “blanditos” y tendentes a estar enfermos porque no han aprendido a tolerar la incomodidad. Esa circunstancia explica que muchos de ellos, cuando alcanzan la edad adulta, recurran con mucha rapidez a la medicación para hacer desaparecer cuanto antes el dolor o la frustración.
Lo vemos en los jóvenes universitarios con la excesiva intervención de las familias en los procesos de evaluación, de revisión de exámenes de sus hijos o de solicitud de las prácticas; que en numerosas ocasiones son los padres quienes se lo resuelven… Y es que esa capacidad resolutiva si no se va formando, educando y perfeccionando poco a poco supondrá a la larga un lastre que más tarde podrá desembocar en una baja autoestima. Sin duda los padres helicóptero que desean estar presentes en todo, de una forma obsesiva y que ejercen un control desproporcionado lo hacen con la mejor de las intenciones, pero al rebasar la delgada línea roja de la sobreprotección provocan graves problemas a medio o largo plazo. Por eso es importantísimo que vayan asumiendo responsabilidades y resolviendo problemas para que más adelante, en la vida adulta, que en muchas ocasiones es una selva competitiva y llena de piedras en el camino, les resulte más fácil encontrar un lugar adecuado y sacarse las castañas del fuego.
No se debe de estar encima de ellos en todo momento atendiendo o anticipando cada uno de sus deseos, organizando y estructurando su vida y sus jornadas de ocio, de amistades, de estudio y solucionándoles cada problema. Tampoco nuestra política, y por tanto nuestra legislación, nos debe de tratar como a niños. Ambas cosas son preocupantes.
por AntonioDeMiguelAnton | Oct 23, 2025 | Educación, Opinión, Política
Este próximo 29 de octubre, Valencia acogerá un funeral de Estado por las 237 víctimas de la Dana en el primer aniversario de la catástrofe que dejó tanta tragedia y tanto dolor.
Hoy, he vuelto a recuperar las fotos que hice en mi estancia allí como voluntario y que dejó una huella imborrable al vivir escenas de tanto dolor, de tanta desolación y también de tanta esperanza, compasión y consuelo por la impresionante labor de ciudadanos voluntarios que, sin medios ni entrenamiento profesional se convirtieron en los primeros en dar respuesta a la crisis en esos días de tanta tragedia. Hay momentos en la vida que se quedan mejor guardados y durante más tiempo en la memoria que en la cámara de fotos, aún sigo a día de hoy teniéndolos muy presentes en mi retina, en mi memoria y no consigo olvidarlos.
No consigo olvidar lo mal organizada y coordinada que estaba toda la ayuda, era muy ineficaz y cada voluntario ayudaba con lo que buenamente podía en un ejemplo extraordinario de solidaridad al volcarse con los valencianos afectados, echándose a la calle para ayudar debido a la inacción; por un lado de la administración y los políticos que estaban más pendientes de su guerras ideológicas y luchas partidistas incomprensibles para el común de los mortales en una situación así. Y por otro de instituciones muy bien regadas de dinero público y financiadas, pero que pierden su energía y financiación en sus recursos propios y autoorganización. Parece increíble, pero ambas no estuvieron a la altura de las circunstancias ni preparadas para hacer frente a estos desastres y a la avalancha de ayuda que hizo falta.
No consigo olvidar la cantidad de coches volcados, apilados y destrozados por todos los rincones que recorría. Tiendas, negocios y locales arrasados por el barro. Calles llenas de fango y naves industriales en polígonos devastados. Parques y jardines cubiertos de una capa marrón y montañas de barro. Vehículos marcados con una “X” donde se habían encontrado cadáveres. Furgonetas, camiones y coches cargados de guantes, fregonas, palas, escobas, jabón, agua, lejía, comida y de todo lo que en ese momento se necesitaba. No consigo olvidar los garajes y bajos llenos de lodo, las alcantarillas anegadas y ese olor fétido a podredumbre que todo lo impregnaba debido a los residuos fecales, la descomposición y la salitre acumulados.
Un año después, el dolor persiste, pero también la determinación de una sociedad que no quiere olvidar y que reclama verdad, memoria, silencio y sobre todo justicia con los que gestionaron todo desde el principio. La política, los políticos y los administradores de lo público tienen que rendir cuentas y responsabilidades de unas muertes que se deberían haber evitado en este trágico episodio de la historia de España.
Un año después las heridas aún siguen abiertas. El 20% de los negocios en locales comerciales sigue cerrado un año después, lo que supone que 460 comercios, bares y otras pequeñas actividades de servicios no reabrirán, mientras que otro 10% aún está con obras para reabrir. Además, alrededor de un centenar de industrias han cerrado por la catástrofe, el 5,8% de las existentes en esos municipios.
Un año después casi la mitad del alumnado tiene problemas de concentración y desmotivación importantes. Un año después, los 124 centros educativos afectados siguen recuperándose. Las calificaciones han bajado y los resultados de las pruebas de acceso a la universidad fueron los peores de su historia. ¿Están los centros educativos preparados si hubiera un nuevo desastre?¿Existe un protocolo anti-inundaciones para los centros educativos? ¿Hay un Plan Integral de emergencias del riesgo de inundación en todos los centros educativos de la Comunidad Valenciana?
por AntonioDeMiguelAnton | Sep 14, 2025 | Educación, Opinión, Política
Dice el escritor, educador, comunicador social y poeta venezolano Hermes Antonio Varillas Labrador, quién dejó las aulas hace unos años, que “nadie puede erguirse como salvador del mundo mientras pisotea a sus conciudadanos. La contradicción más grande es pretender alumbrar la calle mientras en tu casa, los seres a quien dices que amas, viven en tinieblas”.
Las contradicciones siempre han formado parte de la Política sobre todo en los finales de ciclo y en los periodos en decadencia de regímenes en quiebra. En estos últimos tiempos vivimos en la vida política española una contradicción permanente que pone en evidencia la realidad de como nuestra Política se ha enmohecido; está descompuesta y con una putrefacción insoportable donde todo son insultos, exabruptos, descalificaciones, aspavientos, carreras, traiciones, vestiduras rasgadas, hecatombes, polarización, demonización del rival político y demás recursos hiperbólicos electoralistas y de negación de la Política que desemboca en una violencia que poco o nada aporta a la formula de resolución de conflictos como estamos viendo estos días con el asesinato del activista conservador Charlie Kirk; con la violencia política en alza y con Trump y muchos de sus forofos aquí en España siguiendo sus pasos, creando un tipo de hacer política muy peligrosa y arrastrando en su camino por mecanismos psicológicos y sociológicos a grandes cantidades de seguidores radicales a través de las redes sociales dispuestos a hacer de todo, como ocurre en cualquier secta, por su amado líder.
Pero en realidad yo quería hablarles de la vuelta al cole y de como nos está dejando algún titular y alguna trifulca en las endiabladas redes sociales. Me refiero por un lado a la decisión de Pablo Iglesias e Irene Montero de escolarizar a sus tres hijos en un colegio privado de Las Rozas, por 1.500 euros al mes. Ellos, que han defendido la educación pública criticando duramente el asunto y tachando de «burgueses» a quien llevaba a sus hijos a colegios privados. Por esa razón, muchos perfiles en redes sociales han rescatado de la fonoteca unas declaraciones de una antigua entrevista del exdirigente de Podemos en la SER, en la que cuestionaba a los padres que elegían la enseñanza privada: «Porque papá y mamá, que quieren llevar al niño a un colegio privado súper especial, es porque no quieren que se mezclen con niños de clase obrera en general. Papá y mamá quieren un colegio privado sin gitanos ni inmigrantes marroquíes». “La educación privada no está pensada para que vaya todo el mundo, está pensada para que una minoría que se lo puede permitir. Y ahora encima quieren que se lo paguen los que jamás podrán ir. Es un atraco de los ricos a los pobres”. Montero, por su parte, vinculó en su etapa como ministra de Igualdad la defensa de la educación pública con el feminismo, asegurando que “donde hay privatización hay pérdida de derechos”.
Por otro lado tenemos las declaraciones del portavoz del grupo parlamentario del PSOE en el Congreso de los Diputados, Patxi López, que rechazó una propuesta del PP para que las familias de niños discapacitados puedan elegir entre la educación especial y la educación ordinaria, y que no se obligue a sus hijos a asistir a colegios donde tienen una integración muy difícil. Patxi López calificó los colegios de educación especial como «guetos escolares» y acusó a sus rivales de querer «discriminar, disgregar y hacer guetos escolares con las personas con discapacidad».
Todo lo que se ignora, se desprecia. El portavoz del PSOE en el Congreso debería conocer mejor el trabajo que se hace en esos centros y la realidad del alumnado y de las familias. Hay que ser muy ignorante para despreciar a los centros de educación especial y calificarles como «guetos escolares», porque cree que que su alumnado son discriminados al no ir a colegios ordinarios. Sólo así se entiende su infame insulto a esos colegios, a las familias y a los alumnos; un insulto impropio de un demócrata, pero que ya forma parte de la odiosa tradición del socialismo contra todos aquellos que no nos sometemos a sus mantras ideológicos.
Ese derecho a elegir, que aparece plasmado en el Artículo 27 de la Constitución Española, quedó gravemente lesionado por la LOMLOE, la nefasta ley educativa aprobada por el PSOE y sus socios en 2.020, que tanto daño ha hecho a nuestro sistema educativo atacando profundamente la libertad de educación en distintos ámbitos, siguiendo el afán socialista de que los gobernantes son los dueños de sus hijos y que ellos por tanto deciden por los padres, como en una dictadura. Estos centros de educación especial son recursos fundamentales dentro del sistema educativo, reconocidos internacionalmente, y cuentan con profesionales altamente cualificados que ofrecen apoyos imprescindibles para el desarrollo académico, personal y social de los alumnos con discapacidad que los solicitan. Los padres tienen el derecho legítimo para escoger el colegio que quieran para sus hijos, incluidos Pablo e Irene a pesar de sus contradicciones.
No es de extrañar que en este escenario y este panorama tan enfermizo de nuestra Educación el CSIF haya propuesto movilizaciones para los próximos días en defensa de la Educación. La escuela pública reabre su nuevo curso escolar con un déficit de 44.442 docentes y una interinidad del 32,41%, con una falta enorme de recursos no solo humanos sino también materiales, con problemas en la adjudicación de nuevas incorporaciones, con un exceso de burocracia inadmisible por parte del profesorado y de las familias, con deficiencias en las infraestructuras y con una gran falta de atención a la diversidad del alumnado; entre otras razones por los continuos intereses, conveniencias y vaivenes políticos a la hora de poner en marcha todas las medidas y políticas que deberían mejorar los índices de nuestra vapuleada y maltrecha Educación y poner fin a unas cuantas décadas con un sistema educativo de muy bajo nivel, que apenas ofrece a nuestros jóvenes una educación que los prepare de verdad para su futuro.
por AntonioDeMiguelAnton | Abr 7, 2025 | Educación, Opinión, Política
La Universidad es una institución que tiene que buscar la verdad a través de la investigación. Tiene que tratar de enseñar a investigar y generar ciudadanos libres con una visión crítica y holística. El modelo de institución universitaria que tenemos por lo general es muy parecido al de una empresa y en muchas ocasiones dejan de lado ser una institución que sea un paradigma del interés social que busque el aumento del conocimiento. Estas fueron, entre otras, algunas reflexiones a las que la semana pasada llegamos un grupo de profesores tomando un café en la sala de profesores en relación con la controversia generada por Pedro Sánchez por el asunto de las universidades.
Una gran mayoría de alumnos nos suelen preguntar sobre qué tiene más ventajas, si estudiar Formación Profesional o Universidad. A la FP tradicionalmente le han rodeado muchos prejuicios y la idea de que los estudiantes con buenas notas deben seguir sus estudios en la universidad, mientras que la Formación Profesional estaba dirigida a los alumnos con notas más bajas. La realidad es que el número de matriculados en Formación Profesional va creciendo debido a su amplia oferta y su alto y rápido nivel de empleabilidad de estos ciclos formativos que en pocos años te abre muchas puertas del mercado laboral. Poco a poco se van rompiendo los prejuicios de considerar más prestigiosos los estudios universitarios y aunque sigue muy disparada la población española con estudios superiores que accede a la universidad esto no se traduce en que haya más conocimiento, sabiduría y empleabilidad. El mayor problema que tiene España es que a pesar de tener más estudios hay un bajo nivel competencial.
Los políticos han metido las garras en la Universidad y la utilizan para sus fines. Están siendo muy irresponsables y juegan a diario con su prestigio y con su finalidad. Además la usan como arma arrojadiza y como cortina de humo como hemos podido comprobar la semana pasada. En vez de preocuparse de poner remedio a sus grandes problemas como el déficit de la financiación y una nueva legislación para entre otras cosas mejorar el profesorado y la excelencia docente y de infraestructuras, garantizar la calidad académica, la formación del profesorado y la investigación se dedican a usarla como herramienta de confrontación política y de ideologización, como es el caso del nuevo pulso político que Pedro Sánchez ha echado a las comunidades autónomas al anunciar un cambio radical en la normativa que regula la creación de universidades en España para imponer criterios más exigentes para autorizar la apertura de nuevos centros, tanto públicos como privados; sin embargo, la medida afectará, en la práctica, solo a iniciativas privadas y sobre todo madrileñas.
Sánchez está obsesionado con poner freno al crecimiento del sector privado sobre todo donde gobierna el Partido Popular y llega a etiquetarlos de “chiringuitos”. Nadie como él y muchos miembros de su gobierno conocen a fondo este asunto pues obtuvieron sus títulos universitarios en este tipo de centros privados. Él que trasladó su tesis de una universidad pública a una privada para que fuera evaluada por un tribunal muy afín para que sacara adelante con carácter de urgencia una tesis copiada, que ni siquiera se había leído y que fue redactada, además, por otra persona. Nadie como él y su mujer con experiencia propia vivida para opinar sobre ello. Pero aquí todo sigue igual, sin dimisiones, sin caras coloradas y sin pagos políticos. ¡Hasta dónde llega el cuajo de nuestros políticos!
Ellos, los políticos, nos tratan como niños, tal vez aprovechándose de nuestra inmadurez como sociedad y de nuestro “dejar hacer”. Esa es la razón del resurgimiento de políticas primarias y simplistas como las que vivimos en estos tiempos en las que hay mucha agresividad, mucho ruido y sobre todo mucho liderazgo basado en la soberbia, el matonismo y la toma de decisiones unilaterales del faraón del partido o del macho o hembra alfa de la manada dejando de lado el consenso, la negociación y la puesta en común por un caudillaje, una agresividad y una imposición de las ideas al estilo más totalitario de épocas pasadas. La política de convencer con la palabra, del discurso, de la reflexión, de la negociación, de lo institucional y del conocimiento ha dado paso a la política de las represalias, de la confrontación, del tuit fácil mediático y destructivo, de la impulsividad, del gamberrismo y de la inmediatez más propia de políticos inmaduros que de líderes serios y constructivos. Esa es la tendencia de nuestros líderes políticos y el trato que nos dan.
Por tanto es importante, ante los ataques que está sufriendo la Universidad, reivindicar la importancia del saber y del conocimiento. Es indispensable luchar por la libertad en la Educación y evitar cualquier situación que intente romper con ella. Debemos impulsar una Universidad emprendedora, en la que empresa, Universidad, tecnología e investigación vayan de la mano. Cualquier Universidad moderna debería estar libre de amenazas y presiones. La Universidad y cualquier centro educativo son comunidades pluralistas, son lugares de debate continuo. Deben de resistir a esta coerción y represiones. Urge transformar la Universidad y elaborar un plan de estrategia y compromiso para la mejora en su gobierno, de su gestión económica, en los criterios de acceso de su profesorado, en los becarios, en las cátedras, en la elección del Decano, del Rector, en sus sindicatos estudiantiles.