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Viajar es un continuo abrir y cerrar puertas…Hoy abres una puerta, pero mañana tienes que cerrarla, para posiblemente abrir otra pasado mañana…Abrir y cerrar puertas, eso es viajar, eso es vivir, me decía aquel viejo marinero que encontré en esa bella ciudad portuaria, con gatos en los tejados y viejas tradiciones…Sabía que allí, tras ese encuentro, tras ese corazón curtido de tantos soles y tantos mares de la vida, se escondía el relato que hoy les escribo…Cualquier trozo de esa vida, podría dar para una novela. No era un hombre corriente, vivía en el mar pero se había pasado toda su vida escalando montañas.

La conversación con aquel marinero me recordó a aquella que mantuvo el principito con el sabio zorro: “Nous sommes responsables pour ceux qui nous avons apprivoise”. Solo se conoce lo que uno domestica y eres responsable de lo que has domesticado.

Yo siempre subí montañas… ¿Y quiere saber por qué lo hice? -me preguntó-…Por dos razones, me respondió rápidamente…Porque cada vez que conseguía hacer cumbre, tenía la sensación que allí no había llegado nadie todavía… que era el primero en pisar ese suelo, en tener esa vista…Aún hoy sigo teniendo esa sensación en algunas situaciones de mi vida…Y eso me crea soledad y desesperanza muy a menudo.

¿Y la segunda? -le pregunté interrumpiendo aquel momento irrepetible-… La segunda es porque la cima de aquellas montañas, era el único lugar del planeta donde todo lo que veía, estaba por debajo del nivel de mis botas…Y para vivir después de esa sensación, hay que domesticarse a uno mismo… No es difícil si eres responsable, sabes dónde estás y lo que eres… conocer tu esencia, terminó por decirme.

De cada viaje sorprendente traemos fantásticas vivencias, maravillosas fotos, grandes y curiosos recuerdos que permanecerán a nuestro lado durante toda nuestra vida; pero lo que me regaló, lo que me entregó esa mañana, este marinero sube-montañas no podré olvidarlo jamás.

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