por AntonioDeMiguelAnton | Ago 14, 2026 | Opinión, Política
Hay eclipses que duran unos minutos y otros que parecen prolongarse mucho más. El pasado 12 de agosto España contempló un fenómeno astronómico extraordinario. Pero, mientras millones de ciudadanos dirigían la mirada al cielo, comenzaba también otro eclipse, mucho más terrenal: el de la transparencia, la rendición de cuentas y la capacidad de un Gobierno para aceptar preguntas incómodas.
La Subdelegación del Gobierno en Guadalajara ha presentado el eclipse como una demostración de coordinación institucional, excelencia científica y eficacia en materia de seguridad. Y hay razones para reconocer el trabajo de científicos, Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, emergencias, tráfico y administraciones que hicieron posible que un acontecimiento de estas características pudiera desarrollarse en nuestra querida Guadalajara con normalidad. El propio artículo de opinión de la subdelegada destaca expresamente la labor de la Guardia Civil, la Dirección General de Tráfico y del dispositivo desplegado durante la jornada.
Hasta ahí, poco que objetar. El problema aparece cuando, en lugar de responder a las preguntas sobre la utilización de recursos públicos, se decide convertir la crítica en el problema. El artículo titulado Democracia eclipsada sostiene que los “mitos del siglo XXI”, identificados con “la desinformación y los bulos”, quisieron eclipsar la racionalidad y concluye apelando a una ciudadanía que debe escoger entre “la admiración astronómica” y “la crispación informativa e irresponsable”. La cuestión es sencilla: ¿preguntar por el dinero público es desinformar?
Porque una democracia madura no debería tener miedo a que los ciudadanos pregunten cuánto cuesta un acto, quién fue invitado, qué servicios se contrataron, con qué procedimiento y cuál fue el coste final. Al contrario: cuanto más dinero público se utiliza, mayor debe ser la transparencia. Y aquí es donde las declaraciones de Óscar Puente adquieren especial relevan
cia. El ministro es precisamente una de las voces del Gobierno que con frecuencia exige responsabilidades, critica el gasto o cuestiona la gestión de administraciones gobernadas por sus adversarios políticos. En julio, por ejemplo, protagonizó un duro enfrentamiento público con Isabel Díaz Ayuso en el que acusó a gobiernos del PP de reducir servicios públicos y posteriormente pedir ayuda al Gobierno central.
La vara de medir, sin embargo, debería ser siempre la misma. Si un gobierno autonómico tiene que explicar en qué gasta el dinero de los ciudadanos, el Gobierno de España también. Si la oposición debe justificar cada euro de sus administraciones, el Ejecutivo central debe estar dispuesto a hacer exactamente lo mismo. Y si una crítica es legítima cuando se dirige al adversario, también lo es cuando se dirige al propio Gobierno. Eso no es crispación. Eso es democracia.
Resulta especialmente llamativo que un texto dedicado a reivindicar la racionalidad termine presentando cualquier cuestionamiento como una amenaza informativa. La ciencia enseña precisamente lo contrario: una afirmación no se convierte en verdadera porque la formule una autoridad, sino porque puede ser comprobada. El propio Observatorio de Yebes, al que el artículo dedica buena parte de sus elogios, representa perfectamente esa idea. Es una institución científica de enorme valor y el Gobierno ha destacado su relevancia internacional y su contribución al conocimiento del espacio.
Precisamente por eso conviene separar dos cosas que no deberían mezclarse: el extraordinario valor científico del eclipse y la gestión política que se haga alrededor de él. Nadie cuestiona que España haya vivido un acontecimiento excepcional. Nadie debería cuestionar tampoco el trabajo de los científicos o de quienes garantizaron la seguridad. Pero tampoco debería considerarse ilegítimo preguntar si determinados gastos vinculados a la organización fueron razonables, necesarios y proporcionados.
La denuncia política que ha circulado cifra en 72.358 euros el coste de un acto con ministros e invitados y habla de unas 300 personas, comida, bebida y actividades durante horas; por tanto la pregunta de fondo seguiría siendo perfectamente legítima: ¿qué se pagó con dinero público y por qué?
Y ahí es donde una respuesta política basada en desacreditar al crítico resulta insuficiente. Porque llamar “bulo” a una información no demuestra que sea falsa. Calificar de “crispación” una pregunta tampoco la responde. Y acusar a quien pide explicaciones de irresponsabilidad no sustituye a enseñar las facturas.
Hay una paradoja especialmente llamativa en todo esto. La Subdelegación reivindica que el eclipse permitió poner en valor el Observatorio de Yebes, una infraestructura científica que considera una de las joyas de la investigación española. Pero la ciencia funciona precisamente mediante la comprobación, la evidencia y la posibilidad de cuestionar las afirmaciones. Ese debería ser también el principio de la política. Si los 72.358 euros están justificados, que se publiquen los contratos y las facturas. Si el número de invitados está justificado, que se explique quiénes fueron y en qué condición participaron. Si las actividades fueron necesarias para la organización del acontecimiento, que se detalle su finalidad. Y si todo se hizo conforme a la legalidad y con criterios de austeridad, no debería existir ningún problema en explicarlo. Eso sería transparencia. Lo contrario corre el riesgo de producir un eclipse mucho más preocupante: aquel en el que la propaganda institucional termina ocultando las preguntas legítimas de los ciudadanos.
El eclipse astronómico nos recordó que durante unos minutos la luz puede desaparecer en pleno día. El debate político de estos días corre el riesgo de enseñarnos otra cosa: que también la transparencia puede quedar en penumbra cuando quienes gobiernan confunden la crítica con un ataque y las preguntas con desinformación. La democracia no consiste en que el Gobierno tenga siempre la última palabra, consiste en que los ciudadanos puedan hacer preguntas y exigir respuestas. Y, sobre todo, en que esas respuestas estén acompañadas de datos. Porque cuando se habla de dinero público, la mejor forma de combatir los bulos no es descalificar al que pregunta, es enseñar las cuentas y no en enrocarse que Sánchez al final no vino.
¿Qué pensaría Tales de Mileto si levantara hoy la mirada hacia el Observatorio de Yebes y descubriera que un espacio científico pagado con recursos públicos terminó convertido en escenario de una celebración reservada a ministros, invitados, familiares, amigos y personas próximas al poder?
Probablemente no le preocuparía demasiado si vino al final Sánchez o no. Le preocuparía algo bastante más profundo: para quién está el conocimiento y al servicio de quién están las instituciones públicas. Porque el verdadero paso del mito al logos no consiste
únicamente en mirar al cielo y calcular cuándo llegará un eclipse. Consiste también en aplicar la razón allí donde resulta incómoda: preguntar, comprobar, contrastar y exigir explicaciones.
Y si el argumento para defender aquella jornada es que todo fue ejemplar, entonces la respuesta racional debería ser sencilla: enseñar las cuentas, explicar los contratos y aclarar quiénes fueron invitados y por qué. Eso sí sería honrar el legado de Tales.
Porque convertir la ciencia en escaparate institucional mientras se pretende que las preguntas incómodas son “bulos” sería, paradójicamente, recorrer el camino contrario al que la propia subdelegada reivindica. Del logos al relato. De la razón a la propaganda. Del conocimiento al privilegio. Y quizá esa sea la verdadera pregunta que deja este eclipse:
¿Estamos ante un conocimiento puesto al servicio de todos los ciudadanos o ante unas instituciones públicas puestas al servicio de los amigos del poder?
por AntonioDeMiguelAnton | Ago 11, 2026 | Opinión, Política
Hay imágenes que, por sí solas, explican mejor una determinada forma de hacer política que cualquier discurso parlamentario. La que veremos mañana desde Guadalajara, en todas las cabeceras de los periódicos y en los informativos de la noche, será una de ellas: Pedro Sánchez contemplando el eclipse desde el Observatorio Astronómico de Yebes, rodeado de un dispositivo de seguridad extraordinario, mientras en Ceuta muchos ciudadanos siguen mirando hacia una frontera que se ha convertido en uno de los grandes desafíos de nuestro país. Así son las gafas de Sánchez que miran al cielo mientras Ceuta mira al abismo.
No cuestiono que el presidente del Gobierno pueda asistir a un acontecimiento científico de relevancia nacional; sería absurdo hacerlo. El eclipse total de Sol es un fenómeno excepcional y que Guadalajara esté en los ojos de todos los españoles es buena noticia. Lo que cuestiono es el contraste, porque gobernar también consiste en elegir prioridades; y las prioridades de un Gobierno se conocen, sobre todo, cuando existen problemas que no admiten espera.
Ceuta debería ser la prioridad. Allí hay una presión migratoria que lleva tiempo tensionando los recursos disponibles. El CETI ha sufrido episodios de saturación y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad mantienen una presión permanente en una ciudad cuya situación geográfica convierte cada crisis fronteriza en un problema nacional. Y, sin embargo, la imagen que proyecta el Presidente es la de un dirigente que abandona temporalmente su retiro vacacional para acudir a contemplar un eclipse.
La cuestión no es el eclipse, la cuestión es la oportunidad política y la cortina de humo que crea Sánchez en una España mirando en direcciones distintas. Hay algo profundamente simbólico en todo esto, mientras que en Guadalajara y en el resto de España, miles de personas levantarán la cabeza para contemplar cómo la Luna tapa al Sol, en Ceuta, miles de ciudadanos llevan años mirando hacia la frontera preguntándose qué ocurrirá mañana. Unos esperan un fenómeno que durará unos minutos, otros esperan respuestas que llevan demasiado tiempo sin llegar. Y mientras tanto, policías y guardias civiles afrontan situaciones complejas, los servicios públicos tienen que absorber una presión extraordinaria y muchas familias reclaman algo tan elemental como poder vivir tranquilas. No creo que sea demagogia señalar esta contradicción, al contrario: creo que es nuestra obligación señalarla porque un presidente no deja de ser presidente cuando está de vacaciones.
El despliegue de Yebes merece explicaciones. Me llama la atención que debido al enorme dispositivo especial de seguridad que acompaña al eclipse se establecerán controles de acceso en el casco urbano de Yebes y hasta los vecinos no podrán acceder al pueblo si no se identifican en los puntos de control.
¿Cuánto cuesta el dispositivo?
¿Cuántos efectivos se destinan específicamente a la seguridad presidencial?
¿Qué parte corresponde al operativo general del eclipse?
¿Se ha producido realmente alguna modificación de los accesos previamente autorizados a ciudadanos y vecinos por la visita del presidente?
¿Se han tenido que anular visitas reservadas de vecinos que tenían previsto ver desde aquí el eclipse?
¿Por qué permanecerá cerrado al público durante la jornada debido a la celebración de un acto institucional con presencia de autoridades gubernamentales?
Son preguntas perfectamente legítimas que muchos guadalajareños nos estamos haciendo estos días. No parece aceptable que, ante cualquier duda, la ciudadanía tenga que conformarse con propaganda institucional o con versiones enfrentadas en las redes sociales.
Ceuta no puede ser un problema secundario, lo realmente preocupante, sin embargo, no está en Yebes. está en Ceuta, porque Ceuta no necesita discursos grandilocuentes, necesita al Gobierno, necesita frontera, necesita seguridad, necesita medios suficientes para sus policías y guardias civiles, necesita servicios públicos capaces de responder a situaciones extraordinarias; y necesita, sobre todo, que desde Madrid no se perciba su realidad como un problema lejano que puede esperar.
No estoy diciendo que Pedro Sánchez tenga que cancelar cualquier actividad institucional cada vez que surge un problema en España, eso sería absurdo. Estoy diciendo algo mucho más sencillo: un presidente debe transmitir que está donde están los problemas de los españoles, aunque físicamente se encuentre a cientos de kilómetros y él no lo hace. Y ahí es donde la fotografía de mañana en Guadalajara del eclipse adquiere una enorme fuerza política.
El eclipse pasará; los problemas seguirán, el 12 de agosto pasará, la Luna abandonará el disco solar, volverá la luz y Guadalajara recuperará su normalidad, pero Ceuta seguirá estando donde está. La presión migratoria seguirá existiendo. Las preocupaciones sobre la seguridad continuarán, los policías seguirán reclamando medios y los ciudadanos seguirán esperando respuestas. Por eso, cuando veo al presidente preparándose para contemplar el eclipse desde Guadalajara, no puedo evitar pensar en una contradicción demasiado evidente: Sánchez mira al cielo mientras Ceuta mira a la frontera.
Y quizá el verdadero problema no sea que el presidente mire hacia otro lado, nos tiene acostumbrados a hacerlo con cierta asiduidad como escapatoria; el problema está en que, mientras lo hace, deja de mirar hacia abajo, hacia los problemas reales de la España que gobierna. Porque un eclipse dura unos minutos pero la responsabilidad de gobernar dura mucho más.
por AntonioDeMiguelAnton | Jul 28, 2026 | Educación, Naturaleza, Opinión, Política
Estoy pasando unos días en mi pueblo. Es un rincón entre pinares donde el tiempo camina despacio, donde el aire huele a resina y el corazón encuentra descanso rodeado de naturaleza. Aquí nací, donde las montañas y sus pinos abrazan el cielo y donde cada piedra guarda una historia. Aprendí a correr por sus calles, a jugar en la plaza, a soñar junto al frontón, donde los aplausos y el eco de la pelota formaban parte de nuestra infancia. Escuché el silencio de los inviernos y el jolgorio de los veranos. Celebré las fiestas con mi gente y comprendí que la verdadera felicidad y riqueza no se mide en lo que tienes, sino en tener un lugar al que cuando vuelves está cargado de gran valor natural y humano, de recuerdos y de instantes tremendamente alegres.
El extenso pinar que rodea mi pueblo me enseñó que la naturaleza no es un escenario, es un hogar. Por tanto aprendí desde muy pequeño a respetarlo caminando en silencio, escuchando el viento en las copas y entendiendo que una sola cerilla puede borrar siglos de vida. Convivir con el bosque es cuidarlo como a la familia. El modelo de gestión forestal de mi pueblo se basó durante muchos años en un principio sencillo: un monte cuidado y aprovechado es más resistente y tiene menos riesgo de grandes incendios. Sus claves fueron por un lado una gestión activa del bosque mediante cortas planificadas, podas y clareos para evitar la acumulación de vegetación. También lo fue el aprovechamiento económico de la madera, que generaba empleo y mantenía una relación constante entre la población y el monte. La industria forestal local permitía que los recursos del bosque revirtiesen en su propio mantenimiento. La implicación de los vecinos y la tradición comunal, con una cultura de cuidado del territorio transmitida durante generaciones era muy importante en esta fórmula de gestión. Aquí tenemos muy claro, desde hace muchas generaciones, que la prevención pasa por tener bosques trabajados, con menos carga de combustible y con actividad económica ligada al territorio.
Cada verano, cuando las llamas arrasan miles de hectáreas de monte, el debate vuelve a repetirse: más medios de extinción, más aviones y más efectivos para combatir el fuego. Sin embargo, la verdadera pregunta sigue siendo la misma verano tras verano: ¿por qué nuestros bosques arden cada vez con más intensidad?
Las cifras son reveladoras. Extinguir una hectárea de bosque cuesta, según las estimaciones, 19.000 euros, mientras que gestionar esa misma hectárea para reducir el riesgo de incendios tendría un coste aproximado de 2.400 euros. A pesar de ello, la mayoría de Comunidades se mueven habitualmente en el rango de una inversión en prevención que apenas alcanza 15 euros por hectárea. La conclusión es evidente: seguimos destinando la mayor parte de los recursos a apagar incendios, cuando sería mucho más eficiente evitar que se produzcan.
Pero la prevención no consiste únicamente en abrir cortafuegos o limpiar montes. La mejor prevención es que el bosque vuelva a tener valor económico para quienes viven junto a él. La economía institucional explica este fenómeno con un principio sencillo: cuando quien soporta los costes de conservar un recurso también obtiene los beneficios de gestionarlo, tiene incentivos para mantenerlo en buen estado. En cambio, cuando el propietario mantiene las obligaciones, pero pierde capacidad de decisión y rentabilidad, el resultado suele ser el abandono. Eso es precisamente lo que ha ocurrido en buena parte del medio rural. Muchos montes han dejado de generar ingresos suficientes y, con ello, también han desaparecido los incentivos para mantenerlos limpios, vigilados y aprovechados.
La gestión forestal sostenible demuestra que conservación y desarrollo económico no son objetivos enfrentados. Al contrario. El aprovechamiento responsable de la madera, la resina, los pastos, la leña o los recursos micológicos convierte el bosque en un activo productivo que genera empleo, fija población y favorece un mantenimiento continuo del monte. Cuando el bosque proporciona riqueza a quienes viven de él, también aparecen incentivos permanentes para controlar la biomasa, vigilar posibles incendios y reducir el combustible vegetal que alimenta los grandes fuegos.
En este contexto, la ganadería extensiva desempeña un papel esencial. El pastoreo tradicional limpia el monte de forma natural, reduce la acumulación de matorral y contribuye al equilibrio ecológico. Mantener este modelo requiere políticas que lo hagan económicamente viable mediante incentivos adecuados.
Otro recurso con enorme potencial es la biomasa forestal. Su aprovechamiento como fuente de energía renovable permitiría transformar un problema —la acumulación de combustible vegetal— en una oportunidad económica, favoreciendo además proyectos comunitarios de autoabastecimiento energético y de economía social en el medio rural.
También resulta necesario revisar la fiscalidad que soportan los aprovechamientos forestales. Reducir o eliminar el IVA de productos como la madera, la leña, la resina o las setas supondría un estímulo para una actividad económica que, además de generar riqueza, contribuye directamente a la conservación del territorio.
A ello debería añadirse un sistema de compensaciones económicas por los servicios ambientales que prestan los bosques. Las masas forestales capturan CO₂, regulan el ciclo del agua, conservan la biodiversidad y ofrecen beneficios que disfruta toda la sociedad. Resulta razonable que quienes mantienen esos ecosistemas reciban una compensación por ello. La conservación del bosque no puede depender exclusivamente de la vigilancia pública. Debe convertirse también en un interés económico de quienes viven en el territorio.
Porque los incendios no empiezan el día que aparece una llama. Empiezan mucho antes, cuando el monte deja de cuidarse, cuando pierde su valor económico y cuando las políticas públicas olvidan que la mejor inversión no es apagar incendios, sino evitar que lleguen a producirse. Proteger nuestros bosques exige cambiar el enfoque: menos cultura de la emergencia y más cultura de la gestión. Un monte vivo, gestionado y económicamente rentable es, casi siempre, un monte mejor conservado y mucho más resistente frente al fuego.
por AntonioDeMiguelAnton | Jul 20, 2026 | Naturaleza, Opinión, Política
Las «cabras bombero» no pueden esperar; los ganaderos piden abrir ventanas de acceso seguras para atender a sus rebaños en municipios como Prádena de Atienza.
Los pastores llevan dos días sin poder dar agua ni alimento a sus animales debido a las restricciones impuestas por el incendio de La Mierla. Reclaman accesos puntuales y coordinados con el operativo de extinción para evitar la pérdida de un patrimonio ganadero esencial para la prevención de incendios.
Mientras cientos de efectivos continúan combatiendo el incendio forestal de La Mierla, en la Sierra Norte de Guadalajara, otra emergencia se desarrolla lejos del frente de las llamas. Decenas de cabras y ovejas permanecen aisladas en explotaciones como las de Prádena de Atienza sin que sus propietarios puedan acceder para suministrarles agua y alimento.
Los ganaderos denuncian que llevan ya dos días sin poder entrar a sus fincas debido al cierre de los accesos. Aunque reconocen que la seguridad del operativo debe ser la prioridad absoluta, solicitan al Centro de Coordinación Operativa Integrada (CECOPI) que habilite ventanas de acceso controladas, siempre bajo la supervisión de los responsables del incendio y únicamente cuando las condiciones lo permitan.
La petición responde a una realidad que va mucho más allá del bienestar animal. Estos rebaños desempeñan un papel fundamental en la gestión del territorio. Conocidas popularmente como «cabras bombero», las cabras eliminan matorral, hierba seca y vegetación que actúa como combustible durante los incendios. Su labor diaria constituye una herramienta natural de prevención que ayuda a reducir la intensidad y velocidad de propagación del fuego.
Especialistas en gestión forestal llevan años defendiendo el pastoreo extensivo como una medida eficaz para disminuir el riesgo de grandes incendios. Allí donde pastan cabras y ovejas, el monte acumula menos biomasa y se crean discontinuidades en la vegetación que dificultan el avance de las llamas.
Por ello, la posible pérdida de estos animales tendría consecuencias que irían más allá del impacto económico para las familias ganaderas. También supondría debilitar uno de los sistemas más sostenibles y eficaces de prevención de incendios con los que cuenta el medio rural.
Los ganaderos insisten en que no piden poner en riesgo a nadie ni interferir en las labores de extinción. Su propuesta consiste en organizar accesos escalonados, acompañados por los servicios de emergencia y limitados al tiempo imprescindible para proporcionar agua y alimento a los animales. La colaboración entre los equipos de emergencia y el sector ganadero ya ha demostrado en otras situaciones que es posible compatibilizar la seguridad con la protección del ganado cuando las circunstancias lo permiten.
En plena emergencia, todas las vidas importan. Proteger a estos rebaños significa también proteger el futuro del monte y reconocer el trabajo silencioso que realizan durante todo el año. Cuando el incendio sea historia, serán de nuevo estas «cabras bombero» las que contribuirán a mantener limpio el monte y a reducir el riesgo de que una tragedia como la actual vuelva a repetirse.
por AntonioDeMiguelAnton | Jul 17, 2026 | Opinión, Política
Resulta sorprendente que la subdelegada del Gobierno aproveche un incendio para señalar a los «negacionistas del cambio climático» cuando la investigación apunta al alcalde de Vox en Robledillo de Mohernando, Rubén Marchamalo, que ha pasado a estar en el foco de la Guardia Civil por supuestamente originar el fuego de La Mierla con su cosechadora.
Politizar este incendio, que en estos momentos amenaza el núcleo de nuestro maravilloso Parque Natural de la Sierra Norte de Guadalajara y culpar al «cambio climático» o a los «negacionistas» de los incendios forestales es la excusa perfecta para ocultar la falta de prevención en invierno y el abandono del monte. Ahora, lo que hace falta es centrarse en lo urgente que no es otra cosa que combatir el fuego; y en menos discursos ideológicos y más respeto a la investigación, a la presunción de inocencia y a la verdadera prevención de los incendios. Si ya hay un presunto responsable identificado, que actúe la Justicia con todas las garantías; pero reducir el debate sobre los incendios al negacionismo del cambio climático no puede eclipsar otra realidad: la prevención, la gestión forestal y el cuidado del mundo rural también son esenciales para evitar grandes catástrofes.
Los bosques no se cuidan con ideología, se cuidan con recursos y limpieza. Los incendios no empiezan con una chispa, empiezan mucho antes: con montes abandonados, falta de prevención y escasa gestión. Proteger nuestros bosques exige actuar todo el año, apoyar al mundo rural y coordinar esfuerzos. Prevenir hoy es salvar vidas y naturaleza mañana.
Los incendios se combaten antes de que empiece el fuego, apostando por una prevención estructural y permanente en lugar de centrar los esfuerzos únicamente en la extinción. Debemos de exigir garantizar una financiación estable para la prevención, impulsar la gestión forestal sostenible, fomentar el pastoreo y la ganadería extensiva para reducir el combustible vegetal, reforzar el papel de agricultores, ganaderos y ayuntamientos, mantener infraestructuras rurales, evitar cualquier beneficio urbanístico derivado de los incendios, promover el aprovechamiento sostenible del monte y la biomasa, concienciar a la población, crear un sistema nacional permanente y coordinado de prevención y extender las iniciativas que hayan demostrado ser eficaces.
Para todo ello debería haber, como hace poco anunciaba SOS Rural, un plan de choque contra los incendios con un modelo de prevención más eficaz que garantizase una mayor protección de los pueblos, los bosques y el entorno natural frente al creciente riesgo de incendios forestales. Y para ello debería de haber en paralelo un gran pacto entre las administraciones y la sociedad para convertir estas propuestas en políticas públicas con financiación, objetivos medibles y evaluación continua. Apagar los incendios es necesario, pero prevenirlos es urgente, porque el incendio empieza mucho antes de que aparezcan las llamas.
por AntonioDeMiguelAnton | Jun 18, 2026 | Opinión, Política, Varios
El español ha enfrentado dos fuertes controversias recientemente; por un lado una avalancha de ceros y suspensos en euskera durante la PAU vasca, y por otro el veto inicial al idioma en las ruedas de prensa de la Copa del Mundo de fútbol.
Se está investigando un aluvión de ceros en el examen de euskera de cientos de estudiantes de colegios concertados, que cursan sus estudios principalmente en español (modelo A). Sobre un grupo de 150 alumnos hay 60 ceros y 40 notas por debajo del 2 en euskera, una asignatura troncal en Euskadi, lo que dinamita las opciones de los afectados para acceder a la carrera o la universidad deseada, para competir en igualdad de condiciones con otros aspirantes, o simplemente para aprobar la prueba.
La situación ha provocado protestas callejeras y acusaciones de discriminación lingüística. Son alumnos con expedientes brillantes y títulos oficiales de euskera (nivel B2). Sin ningún género de duda es un ataque directo a la libertad de elección de lengua y un intento de perjudicar el acceso a la universidad de los jóvenes que no tienen el euskera como lengua materna. El mensaje parece claro: o eliges el modelo D o tendrás problemas en un futuro porque al llegar a la PAU el tribunal tirará por tierra todos los esfuerzos a lo largo de toda tu carrera académica.
Este uso del euskera como arma política es un atropello a los alumnos del modelo en español que deja al descubierto una realidad incómoda. Es un ataque directo al futuro de los jóvenes que estudian en castellano. Detrás de estas notas anómalas se esconde el uso de la lengua como una herramienta de exclusión política, es un castigo ideológico imposible de justificar. Hablamos de jóvenes con expedientes brillantes de notable y sobresaliente. Muchos de ellos tienen incluso títulos oficiales de euskera como el B2 o el C1. El sistema parece premiar o castigar a los alumnos según el centro de procedencia o el orden alfabético de sus apellidos. Esto destruye la supuesta neutralidad y el anonimato de la selectividad. ¿Por qué este desplome de notas?
El derecho a estudiar en la lengua materna debe de ser innegociable. El español es la lengua común de todos los ciudadanos de España. Sin embargo, en comunidades como el País Vasco, se arrincona al castellano de forma constante. Este examen ha funcionado como una barrera invisible para frenar el acceso de los alumnos hispanohablantes a las carreras con notas de corte más altas, como Medicina o Farmacia. Es toda una barrera territorial pues un alumno vasco que suspenda euskera ve hundida su nota media. Esto ocurre aunque tenga un diez en el resto de materias. Mientras tanto, un alumno de Guadalajara o Andalucía compite sin esa carga lingüística y política. Es una vulneración de derechos pues se está atacando el derecho constitucional a usar el español. Además, se penaliza el esfuerzo de las familias que eligen libremente la educación en castellano. La Universidad del País Vasco y el Gobierno Vasco no pueden ponerse de perfil apelando a «nuevos criterios de corrección». Un criterio que produce sesenta ceros en un mismo grupo de alumnos no es exigente; es defectuoso y malintencionado.
Otro de los goles que han intentado meter al español en estos días ha sido el absurdo desprecio inicial de la FIFA al español. La FIFA rectificó su postura tras la lluvia de críticas y ya permite el uso libre del español en todas las ruedas de prensa del Mundial. Sin embargo, el error inicial de prohibir este idioma en varios encuentros con los medios deja una mancha difícil de borrar. Fue un desprecio injustificable para una lengua que hablan casi 600 millones de personas en el planeta. Es una miopía geográfica imperdonable y lo más insólito de la medida inicial es la geografía del torneo, pues uno de los países anfitriones es México, la nación con más hispanohablantes del mundo. Otro de los coorganizadores es Estados Unidos, un país que alberga a más de 57 millones de ciudadanos de origen hispano.¿Cómo pensó la FIFA que era una buena idea silenciar el español en semejante escenario? Intentar esconder este idioma en su propia casa no fue un simple fallo de logística. Fue una muestra de soberbia y una total desconexión con la realidad cultural de la región.
El fútbol es de los jugadores y de los aficionados, no de los burócratas ni de los políticos. La presión social y el sentido común ganaron esta batalla gracias al «VAR de la opinión pública». El peso del español no se puede ningunear en el deporte rey. La FIFA reaccionó rápido, sí, pero el bochorno de haberlo intentado no se olvida fácilmente porque el español es la lengua más importante y en el fútbol también.