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Me sorprende ver lo acostumbrada que está la gente a complicarse la vida. Se la complica tanto que a veces, entre dos opciones, rechazan aquella que es más sencilla. Yo no sé si lo hacen por desconfianza, porque lo simple no puede ser la mejor opción o porque esa condición de sufridor reporta algún beneficio, incluso felicidad.

Tal vez la persona que más me llama la atención en este sentido, es…
…Bueno, mejor os lo cuento después de acercaros la mejor pregunta, que me ha perseguido a lo largo de toda la semana:

¿Crees que merece la pena?
…Y regresando al tema del sufrimiento; esta persona es una amiga que siempre anda buscando el problema en vez de la solución. Es increíble su capacidad para generar preocupaciones. Es sorprendente su capacidad de ver inconvenientes. Es impresionante, como en cada una de los momentos de su vida se crea obstáculos para saltar o impedimentos con los que trabajar. Está tan habituada a ponerse trabas a todo, que cuando no las hay, le resulta sospechosa la situación y eso, por supuesto, también le genera pesadumbre. ¿Nos habrán enseñado a fijarnos, a vivir y a elegir lo malo antes que lo bueno?
Hablo de esto con ella y se enfada muchísimo, le incomoda, se pone a la defensiva y se muestra como víctima, debido a su alta capacidad de sentir, de compadecerse ante el dolor ajeno o de irritarse ante lo injusto. ¿No se dará cuenta que los demás también pasamos por momentos complicados, por situaciones críticas, por ocasiones tristes y dolorosas? ¿No verá que también respiramos, sentimos, nos emocionamos, padecemos, lloramos, nos preocupamos, nos solidarizamos, afrontamos dificultades, sufrimos penurias y tenemos nuestros propios calvarios? Por eso somos felices, porque hemos probado la esencia del sufrimiento.

Cada vez que estoy cerca de una de estas personas, noto que pierdo algo. ¡Cuánto torturan con sus angustias! ¡Qué sencillas que son las cosas y qué complicadas se vuelven en manos de algunos! Si la felicidad es la clave de la vida, la sencillez es la puerta que deja fuera a los infelices. Pero ¿cuándo perdemos esa naturalidad? ¿Por qué perdemos esa espontaneidad? ¿Cuándo nos desprendemos de esa simplicidad, de esa inocencia? ¿Qué hacemos mal?

Creo que esto también hay que aprenderlo y educarlo. Enseñamos a leer, la tabla de multiplicar, otro idioma, a montar en bici, a dibujar, a usar un ordenador, a conducir… pero no enseñamos a ser sencillos, no aprendemos a emocionarnos, a ser felices, a sufrir. Ya decía Aristóteles que educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto.
¿Se imaginan que en esas pruebas de acceso a maestro, en las que ha salido a la luz el bajísimo nivel general que hay y la miseria intelectual en la que nos movemos, hubiese también pruebas de emociones? Creo que nos sorprenderíamos también de la penuria y escasez emocional en la que vivimos. Espero y deseo que se planteen reformar los planes de estudio de Magisterio; falta hace. Una de las cosas que me llama la atención, en este asunto, es la oposición y negación de los sindicatos a estas pruebas del concurso-oposición de maestros. ¿Intereses?

Volviendo al asunto de merecer la pena. Esta pregunta es una constante en el mundo del alpinismo. En cada paso hacia la cima, en cada inspiración, en cada avance de cordada, en cada mirada a la cumbre, en cada situación adversa, aparece la pregunta. ¿Ese sufrimiento reporta algo? ¿Merece la Pena?

Ya desde niño, cuando escalaba una montaña y hacia cumbre; tenía la sensación que allí no había llegado nadie, que era el primero en pisar ese suelo, en tener esa vista. Aún hoy sigue pasándome; hay momentos, en los que siento que si no escalo la montaña, jamás podré disfrutar del paisaje que me ofrece la cima. Pienso también que llego a lugares, donde otros aún no han llegado, a picos que aún no han alcanzado, a visiones que aún no han tomado. Llegarán, claro, llegarán; al menos eso creo, pues vienen a su ritmo. Os confieso también, que esa espera, en ocasiones, me crea mucha soledad y me agota.

Los ochomiles se alcanzaron sufriendo mucho, de esa forma se consiguen las grandes gestas, con verdaderos sacrificios humanos. Mario escribía un día que “estamos poco habituados a insistir en las cosas” y “que nos damos por vencidos fácilmente”. Es cierto, enseguida pensamos que no hay nada que hacer, que no se puede abrir y equipar vía, que no se pueden cambiar las cosas, que fue y será así toda la vida. ¿Por qué no insistimos más? ¿Tendremos que aprender y enseñar esto también? Tal vez.

No podemos darnos por vencidos tan fácilmente, no podemos descuidarnos; sobre todo en una escalada de una montaña como esta, de dimensiones gigantescas de empinadas aristas, de paredes verticales y de un trayecto tan peligroso. Todos dependemos de todos y de nuestro propio esfuerzo, de nuestra honestidad, de nuestra preparación, de nuestras condiciones técnicas y físicas, de tener un buen material, de organización y de experiencia en altitud. Sabemos que el alpinismo es peligroso y que tiene muchos riesgos: grietas inestables, frio insoportable, altitud demoledora… pero juntos podemos. Vamos para arriba, la cumbre nos espera.

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