Dicen los psicólogos que lo que no se sana en casa, se proyecta fuera. Si observamos el panorama actual, parece que nuestra vida pública ha dejado de ser un debate de gestión para convertirse en una relación de pareja disfuncional: llena de reproches, manipulación y una incapacidad crónica para escuchar. La política, hoy, se parece peligrosamente a ese noviazgo del que todos tus amigos te dicen que deberías huir.
En una relación sana, las diferencias se negocian. En una tóxica, el desacuerdo es una traición. Estamos viviendo lo que los sociólogos llaman polarización afectiva. Ya no votamos «a favor de» un proyecto, sino «en contra de» alguien a quien percibimos como una amenaza vital. Al igual que en una pareja contaminada, el otro ya no es alguien que piensa distinto; es un ser malvado que quiere destruir nuestro mundo.
La toxicidad política utiliza técnicas de manual de autoayuda, pero del malo. Se nos dice que lo que vemos no está ocurriendo, o que la realidad es exactamente lo contrario a los datos. El objetivo es que el ciudadano pierda la confianza en su propio juicio y termine delegando su voluntad en el «líder salvador». Ciertos discursos buscan que el ciudadano se sienta incapaz de prosperar sin la tutela constante del Estado o del partido, creando un vínculo de dependencia emocional similar al de una relación donde uno anula la autonomía del otro.
Estos partidos de ahora actúan como esa pareja celosa que te aleja de tus amigos porque «son mala influencia». Nos encierran en burbujas donde solo escuchamos lo que queremos oír, eliminando cualquier posibilidad de contraste. Convierten cualquier reunión con amigos, familia o compañeros de trabajo en un campo de minas; preferimos el silencio tenso o el grito antes que la vulnerabilidad de admitir que el «otro» podría tener algo de razón.
Para sanar una relación tóxica, el primer paso es establecer límites. Necesitamos recuperar la conciencia ciudadana y dejar de ser «hinchas» o «víctimas». La democracia no es un matrimonio indisoluble ni un cheque en blanco; es un contrato de servicios que requiere vigilancia, crítica y, sobre todo, la capacidad de decir «basta» cuando el respeto se pierde. Si no somos capaces de tratar a quien piensa diferente con la dignidad que exigiríamos en nuestra propia casa, seguiremos atrapados en este ciclo de desprecio mutuo. Quizás sea hora de que la política pase por el diván antes de que termine por rompernos a todos el corazón.
Lo que tenemos con la clase política actual no es una crisis de representación; es una relación de maltrato psicológico consentida, televisada y, para colmo, financiada con nuestros propios impuestos. Nos quejamos de la toxicidad en redes, pero acudimos cada mañana a por nuestra dosis de veneno con la sumisión de quien no sabe vivir sin su maltratador. En cualquier pareja sana, si uno miente sistemáticamente, se le deja. En política, si el líder miente, sus seguidores se inventan una gimnasia mental para justificarlo. Hemos caído en el síndrome de Estocolmo ideológico: preferimos que nuestro partido nos engañe a reconocer que el adversario —ese «monstruo» que nos han enseñado a odiar— tiene un punto de razón.
Los políticos han aprendido que el miedo es el mejor pegamento. Nos mantienen en un estado de pánico constante: «si no me votas a mí, vendrá el caos», «si ellos ganan, se acaba el mundo». Es el discurso clásico del controlador que anula tu autoestima para que creas que, sin él, estás perdido. Y nosotros, cual pareja dependiente, compramos el miedo y entregamos la libertad a cambio de una falsa sensación de seguridad. Es insultante ver cómo nos aplican el gaslighting (luz de gas) a diario. Nos dicen que la economía vuela mientras hacemos malabares en el supermercado. Nos dicen que hay consenso mientras la calle arde. Intentan convencernos de que lo que vemos con nuestros propios ojos es una alucinación o un invento de «la máquina del fango». El objetivo es claro: fracturar nuestra percepción de la realidad hasta que dejemos de confiar en nuestro propio instinto y solo confiemos en sus consignas. La culpa no es solo de ellos; es de nuestra complacencia. Nos hemos convertido en una afición de fútbol borracha de sectarismo. Aplaudimos los insultos en el Congreso como si fueran goles, olvidando que esos gritos son la banda sonora de nuestra propia decadencia. Hemos sustituido el pensamiento crítico por el «y tú más», esa respuesta infantil que en una pareja augura un divorcio inminente y en un país augura el colapso social.
Si seguimos permitiendo que nos traten como a súbditos emocionales, si seguimos validando el odio al vecino para sentir que pertenecemos a un bando, no nos quejemos luego de la ruina emocional y democrática que habitamos. La política actual no quiere ciudadanos; quiere devotos. Y tú, ¿eres un ciudadano o solo el juguete roto de un líder que no sabe ni cómo te llamas?
El dichoso tema de la «prioridad nacional» es un ejemplo de esto que les hablo; lejos de ser un brindis al sol, es una herramienta de precisión quirúrgica diseñada por Vox para condicionar la legislatura y, sobre todo, para mantener el control sobre su propia identidad frente al riesgo de ser absorbido por la gestión del Partido Popular. Para la formación de Santiago Abascal, incluir la prioridad nacional en sus acuerdos les permite ondear una bandera ideológica nítida —»los de casa primero»— ante un PP que a menudo se ve obligado a moderar su discurso por imperativos europeos o constitucionales. Funciona como una «cláusula de rescisión». Si en algún momento la coalición deja de ser rentable o necesitan forzar un adelanto electoral, cualquier matiz técnico del PP en la aplicación de esta prioridad será el casus belli perfecto para pulsar el «botón rojo» y romper el gobierno alegando traición a lo firmado.
La convivencia entre el PP y Vox es el reflejo de este tipo de relación profundamente contaminada y viciada por la desconfianza mutua; y mientras la derecha se enreda en debates sobre el arraigo y la constitucionalidad de sus pactos, el Gobierno central de Pedro Sánchez encuentra un balón de oxígeno inesperado. Cada fricción interna en el bloque de la derecha permite al PSOE desplazar la atención de su propia gestión y alimentar el miedo a un «modelo extremista» que ya se ensaya en territorios como Extremadura o Aragón. Para el votante, la sensación es de una derecha más preocupada por marcar territorio frente a su socio que por resolver los problemas estructurales de la región.
La prioridad nacional es, en esencia, estrategia pura frente a gestión pública. Vox ha instalado un sensor de movimiento en el corazón de esos gobiernos pero que saltará en cuanto Santiago Abascal decida que la legislatura ya no le sirve a sus intereses nacionales. La pregunta no es si habrá conflicto, sino cuándo decidirá Vox que ha llegado el momento de ejecutar su vía de escape.