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Una de las cosas que más me sorprenden cuando veo jugar a los niños, es como intentan cambiar las normas del juego cuando pierden. Lo hacen por puro interés, con el objeto de seguir ganando, de seguir mandando. Hay veces que hasta deciden que como es suyo el balón, se juega de la forma que ellos consideran oportuno. Y amenazan y meten miedo a sus propios amigos que el juego terminará mal- sin balón- si no se juega a su modo y manera.

El juego democrático me recuerda mucho al juego de los niños. Nuestros políticos son los dueños del balón y como ahora les hemos dicho que estamos cansados de sus promesas incumplidas, de cambios que no llegan, de reglas de juego injustas, de que malgasten dinero público a base de enriquecimiento personal, de estatutos jurídico- económico privilegiados; vamos de su estilo de juego, pues resulta que nos meten miedo, con que ponemos en peligro el juego democrático y el estado de bienestar de la democracia. Vamos que si no jugamos a su manera nos quedamos sin balón y sin juego. ¡Son como niños!

La enemistad y la antipatía que está naciendo a la clase política, viene por la misma razón por la que detestábamos y odiábamos a aquel dueño del balón, que quería imponer sus normas. Mi distanciamiento y mi antipatía con ese niño, y con los que tenían el mismo proceder, era muy grande. No escuchaba nuestras demandas para mejorar el funcionamiento de aquel juego tan divertido. Nos cansaba los privilegios que poseía, por ser simplemente dueño del balón. Solo queríamos seguir jugando, pero de una forma más justa, más libre. Con unas normas iguales para todos. ¿Eso es tan peligroso?

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