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Vivo en una pequeña comunidad de una pequeña ciudad. No se parece en nada a la comunidad imaginaria que describía Thomas Moro en Utopia; no tiene nada de organización, no tiene nada de ideal, no fomenta la participación, no estimula a sus propietarios a trabajar por su cuidado, por su mantenimiento, por su atención; a pesar de que la comunidad establece la propiedad común de los bienes.

La comunidad en la que vivo tiene un administrador que dirige, gestiona y organiza sus servicios básicos. Fue elegido hace unos años democráticamente, en asamblea de vecinos, por todos los propietarios. El anterior administrador era corrupto, tenía malos tratos con los propietarios, hacia demasiada ostentación del cargo, abusaba del poder que le habíamos otorgado y encima no resolvía los problemas de la comunidad o lo hacía tarde y mal. La piscina estaba mal clorada y sucia; las bombillas fundidas no se reponían por otras nuevas; las puertas golpeaban al cerrarse; las pistas deportivas tenían descuidados sus elementos; la limpieza en general era muy deficiente; la puerta del garaje estaba constantemente abierta y estropeada; el jazmín, la hiedra y todas la plantas de la comunidad marchitas, porque no se alimentaba su sustrato, ni se cambiaba la pila al temporizador de riego.

Del administrador actual, esperábamos que disolviese esos problemas y que incorporase elementos democráticos y participativos a la comunidad. Su proyecto-presupuesto así lo reflejaba. Pero hoy, sigue todo igual o peor.

¿Qué administraciones más nefastas, verdad? Qué mala suerte tenemos en la comunidad con la elección del administrador, ¿A que sí?

Hace 5 años que vine a vivir a esta comunidad. Cuando la presidenta que había, me contó toda la problemática que existía, les propuse dos cosas: cambiar de administrador y hacernos cargo, todos los vecinos, de nuestras cosas; habíamos dejado en manos de él, del administrador, toda la comunidad. Y claro, entonces pasó lo que pasó.

Hace dos años fui presidente de la comunidad, día tras día, me ponía en contacto con el administrador para exigirle que sustituyesen las bombillas rotas, que arreglasen cerraduras deterioradas, regulasen la centralita-emisora de TV, limpiasen los ascensores y descansillos de pasillos, limpiasen los cristales del portal, los trasteros, depurasen correctamente la piscina, reparasen la red de pádel, atendiesen nuestras plantas y un sinfín de cosas más. Hablaba, observaba y exigía a todo el personal, que nos cuidaba y reparaba la comunidad, que nos hiciese las cosas correctamente, con cuidado, con esmero, con amor, con profesionalidad.

Ser miembro y ser presidente de mi comunidad, para mí, es una acción que implica una gran responsabilidad. Solo con ella llegaremos a tener una buena comunidad, al éxito. Creo que no hay otra manera. Siempre he pensado que la responsabilidad y la libertad están muy unidas; cuanta más libertad tienes, más responsabilidad hay que asumir.

Mi comunidad es libre y democrática; pero sigue estando desatendida, sucia y dejada. Los vecinos no se implican en su atención. Entregaron al administrador todas esas responsabilidades y nadie persigue y vigila que el administrador cumpla con ellas. El mes que viene tendremos junta general y posiblemente elegiremos un nuevo administrador.

¡Qué administrador más malo tenemos! ¡Todos son iguales! ¡Son el principal problema de la comunidad!

Ahora, cuando termine de escribir este artículo, enviaré un e-mail al administrador para que nos arregle la puerta del portal, lleva unos días que no cierra.

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